“Frente a la tienda había uno de esos cafés cantante, o café de camarera como los llamaban algunos, en los que hallaba refugio la otra rutina de la Sierra, la de la sordidez y el pecado. En esos lo cales de cante y baile -donde encontraban los hombres desahogo y el pacer efímero, la única felicidad accesible, estaba al alcance de cualquiera- escondía la noche un mundo propio regido por leyes aún más duras que las impuestas por los propietarios mineros. Desconocerlas o quebrantarlas podía costar la vida.
Había en su interior un aire de violencia que se manifestaba en el griterío obsceno de los hombres ante el pavoneo animal, no se podía llamar baile, con el que las mujeres en alquiler obsequiaban a los clientes , muchos de ellos mineros frustrados e indómitos, o capataces e ingenieros, pero también chulos, matones y señoritos de posición abonados al alcohol o deseosos de bajar al infierno.
Ese café cercano era el de Antonio Grau, llamado el Alpargatero o el Rojo el Alpargatero, que había abierto otros en Cartagena, pero empezaba a asomarse a La Unión, donde las posibilidades eran cada vez mayores para su negocio.
Allí se escuchaba el flamenco que trajeron mis paisanos.”
JUAN RAMÓN LUCAS
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Café del Rojo el Alpargatero
“Frente a la tienda había uno de esos cafés cantante, o café de camarera como los llamaban algunos, en los que hallaba refugio la otra rutina de la Sierra, la de la sordidez y el pecado. En esos lo cales de cante y baile -donde encontraban los hombres desahogo y el pacer efímero, la única felicidad accesible, estaba al alcance de cualquiera- escondía la noche un mundo propio regido por leyes aún más duras que las impuestas por los propietarios mineros. Desconocerlas o quebrantarlas podía costar la vida.
Había en su interior un aire de violencia que se manifestaba en el griterío obsceno de los hombres ante el pavoneo animal, no se podía llamar baile, con el que las mujeres en alquiler obsequiaban a los clientes , muchos de ellos mineros frustrados e indómitos, o capataces e ingenieros, pero también chulos, matones y señoritos de posición abonados al alcohol o deseosos de bajar al infierno.
Ese café cercano era el de Antonio Grau, llamado el Alpargatero o el Rojo el Alpargatero, que había abierto otros en Cartagena, pero empezaba a asomarse a La Unión, donde las posibilidades eran cada vez mayores para su negocio.
Allí se escuchaba el flamenco que trajeron mis paisanos.”
Café del Rojo el Alpargatero
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